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viernes, 27 de julio de 2012

RIMAS - Gustavo Adolfo Becquer LXXXI - XCVIII
LXXXI
Rima I
Poemas de Gustavo Adolfo Bécquer

Yo sé un himno gigante y extraño
que anuncia en la noche del alma una aurora,
y estas páginas son de ese himno
cadencias que el aire dilata en las sombras.

Yo quisiera escribirle, del hombre
domando el rebelde, mezquino idioma,
con palabras que fuesen a un tiempo
suspiros y risas, colores y notas.

Pero en vano es luchar, que no hay cifra
capaz de encerrarle; y apenas, ¡oh, hermosa!,
si, teniendo en mis manos las tuyas,
pudiera, al oído, cantártelo a solas.




Dices que tienes corazón, y solo

lo dices porque sientes sus latidos;

eso no es corazón... es una máquina

que al compás que se mueve hace ruido.





LXXXII



Fingiendo realidades

con sombra vana,

delante del deseo

va la esperanza.

y sus mentiras

como el Fénix, renacen

de sus cenizas.





LXXXIII



Una mujer me ha envenenado el alma,

otra mujer me ha envenenado el cuerpo;

ninguna de las dos vino a buscarme,

yo de ninguna de las dos me quejo.



Como el mundo es redondo, el mundo rueda.

Si mañana, rodando, este veneno

envenena a su vez, ¿por qué acusarme?

¿Puedo dar más de lo que a mí me dieron?





LXXXIV



A CASTA



Tu voz es el aliento de las flores,

tu voz es de los cisnes la armonía;

es tu mirada el esplendor del día,

y el color de la rosa es tu color.



Tú prestas nueva vida y esperanza

a un corazón para el amor ya muerto:

tú creces de mi vida en el desierto

como crece en un páramo la flor.





LXXXV



A ELISA

Para que los leas con tus ojos grises,

para que los cantes con tu clara voz,

para que se llenen de emoción tu pecho

hice mis versos yo.



Para que encuentres en tu pecho asilo

y le des juventud, vida, calor,

tres cosas que yo no puedo darles,

hice mis versos yo.



Para hacerte gozar con mi alegría,

para que sufras tu con mi dolor,

para que sientas palpitar mi vida,

hice mis versos yo.



Para poder poner antes tus plantas

la ofrenda de mi vida y de mi amor,

con alma, sueños rotos, risas, lágrimas

hice mis versos yo.





LXXXVI



Flores tronchadas, marchitas hojas

arrastra el viento;

en los espacios, tristes gemidos

repite el eco.



..............................



En las nieblas de los pasado,

en las regiones del pensamiento

gemidos tristes, marchitas galas

son mis recuerdos.



LXXXVII



Es el alba una sombra

de tu sonrisa,

y un rayo de tus ojos

la luz del día;

pero tu alma

es la noche de invierno,

negra y helada.





LXXXVIII



Errante por el mundo fui gritando:

"La gloria ¿dónde está?"

Y una voz misteriosa contestóme:

"Más allá... más allá..."



En pos de ella perseguí el camino

que la voz me marcó;

halléla al fin, pero en aquel instante

el humo se troncó.



Más el humo, formado denso velo,

se empezó a remontar.

Y penetrando en la azulada esfera

al cielo fue a parar.









LXXXIX



Negros fantasmas,

nubes sombrías,

huyen ante el destello

de la luz divina.

Esa luz santa,

niña de negros ojos,

es la esperanza.



Al calor de sus rayos

mi fe gigante

contra desdenes lucha

sin amenguarse.

en este empeño

es, si grande el martirio,

mayor el premio.



Y si aún muestras esquiva

alma de nieve,

si aún no me quisieras,

yo no he de quererte:

mi amor es roca

donde se estrellan tímidas

del mal las olas.



XC



Yo soy el rayo, la dulce brisa,

lágrima ardiente, fresca sonrisa,

flor peregrina, rama tronchada;

yo soy quien vibra, flecha acerada.



Hay en mi esencia, como en las flores

de mil perfumes, suaves vapores,

y su fragancia fascinadora,

trastorna el alma de quien adora.



Yo mis aromas doquier prodigo

ya el más horrible dolor mitigo,

y en grato, dulce, tierno delirio

cambio el más duro, crüel martirio.



¡Ah!, yo encadeno los corazones,

más son de flores los eslabones.

Navego por los mares,

voy por el viento

alejo los pesares

del pensamiento.

yo, en dicha o pena,

reparto a los mortales

con faz serena.



Poder terrible, que en mis antojos

brota sonrisas o brota enojos;

poder que abrasa un alma helada,

si airado vibro flecha acerada.



Doy las dulces sonrisas

a las hermosas;

coloro sus mejillas

de nieve y rosas;

humedezco sus labios,

y sus miradas

hago prometer dichas

no imaginadas.



Yo hago amable el reposo,

grato, halagüeño,

o alejo de los seres

el dulce sueño,

todo a mi poderío

rinde homenaje;

todo a mi corona

dan vasallaje.



Soy el amor, rey del mundo,

niña tirana,

ámame, y tú la reina

serás mañana.



XCI



¿No has sentido en la noche,

cuando reina la sombra

una voz apagada que canta

y una inmensa tristeza que llora?



¿No sentiste en tu oído de virgen

las silentes y trágicas notas

que mis dedos de muerto arrancaban

a la lira rota?



¿No sentiste una lágrima mía

deslizarse en tu boca,

ni sentiste mi mano de nieve

estrechar a la tuya de rosa?



¿No viste entre sueños

por el aire vagar una sombra,

ni sintieron tus labios un beso

que estalló misterioso en la alcoba?



Pues yo juro por ti, vida mía,

que te vi entre mis brazos, miedosa;

que sentí tu aliento de jazmín y nardo

y tu boca pegada a mi boca.





XCII



Apoyando mi frente calurosa

en el frío cristal de la ventana,

en el silencio de la oscura noche

de su balcón mis ojos no apartaba.

En medio de la sombra misteriosa

su vidriera lucía iluminada,

dejando que mi vista penetrase

en el puro santuario de su estancia.



Pálido como el mármol el semblante;

la blonda cabellera destrenzada,

acariciando sus sedosas ondas,

sus hombros de alabastro y su garganta,

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mis ojos la veían, y mis ojos

al verla tan hermosa, se turbaban.



Mirábase al espejo; dulcemente

sonreía a su bella imagen lánguida,

y sus mudas lisonjas al espejo

con un beso dulcísimo pagaba...

Mas la luz se apagó; la visión pura

desvanecióse como sombra vana,

y dormido quedé, dándome celos

el cristal que su boca acariciara.





XCIII



Si copia tu frente

del río cercano la pura corriente

y miras tu rostro del amor encendido,

soy yo, que me escondo

del agua en el fondo

y, loco de amores, a amar te convido;

soy yo, que, en tu pecho buscada morada,

envío a tus ojos mi ardiente mirada,

mi blanca divina...

y el fuego que siento la faz te ilumina.



Si en medio del valle

en tardo se trueca tu amor animado,

vacila tu planta, se pliega tu talle...

soy yo, dueño amado,

que, en no vistos lazos

de amor anhelante, te estrecho en mis brazos;

soy yo quien te teje la alfombra florida

que vuelve a tu cuerpo la fuerza de la vida;

soy yo, que te sigo

en alas del viento soñando contigo.



Si estando en tu lecho

escuchas acaso celeste armonía

que llena de goces tu cándido pecho,

soy yo, vida mía...;

soy yo, que levanto

al cielo tranquilo mi férvido canto;

soy yo, que, los aires cruzando ligero

por un ignorado, movible sendero,

ansioso de calma,

sediento de amores, penetro en tu alma.





XCIV



¡Quién fuera luna,

quién fuera brisa,

quién fuera sol!



..............................



¡Quién del crepúsculo

fuera la hora,

quién el instante

de tu oración!



¡Quién fuera parte

de la plegaria

que solitaria

mandas a Dios!



¡Quién fuera luna

quién fuera brisa,

quién fuera sol! ...





XCV



Yo me acogí, como perdido nauta,

a una mujer, para pedirle amor,

y fue su amor cansancio a mis sentidos,

hielo a mi corazón.



Y quedé, de mi vida en la carrera,

que un mundo de esperanza ayer pobló,

como queda un viandante en el desierto:

¡A solas con Dios!





XCVI



Para encontrar tu rostro

miraba al cielo

que no es bien que tu imagen

se halle en el suelo;

si de allí vino,

el buscaba su origen

no es desvarío.





XCVII



Esas quejas del piano

a intervalos desprendidas,

sirenas adormecidas

que evoca tu blanca mano,

no esparcen al aire en vano

el melancólico son;

pues de la oculta mansión

en que mi pasión se esconde,

a cada nota responde

un eco del corazón.



XCVIII



Nave que surca los mares,

y que empuja el vendaval,

y que acaricia la espuma,

de los hombres es la vida;

su puerto, la eternidad.