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miércoles, 4 de julio de 2012


Existen anemias del alma, lo mismo que existen anemias del cuerpo.
El alma, o nuestro ser más interno, no puede mantenerse con sólo los “alimentos terrestres”:
Buena comida, trabajo seguro, viajes aventureros,
relaciones sociales, espectáculos y otras rutinas.
Cuando se tienen cubiertas las necesidades mínimas,
hay momentos en la vida en que se siente la necesidad de detener la carrera en pos de
objetos externos.
Son los momentos de reflexión en que necesitamos
una cierta dosis de soledad y de silencio para volver a nuestro centro.
Nos damos cuenta entonces de que el alma parece haberse volatizado en la periferia de los deseos,
los ruidos y las máscaras sociales.
¿Los síntomas?
Una cierta sensación de vacío, una tristeza que rezuma por todos nuestros poros,
una desazón interna con sabor a honda insatisfacción.
A veces corresponde a un empacho de las golosinas con las que se han atiborrado los sentidos.
En ocasiones sentimos entonces, en lo más profundo de nuestras entrañas,
un anhelo de Absoluto, una nostalgia de trascendencia:
la necesidad de tomar definitivamente conciencia de nuestra unidad con la Fuente,
con la Vida y con todo lo que nos rodea.
En esos períodos se nos vuelven insípidos los alimentos terrestres y sentimos otro tipo de hambre:
un hambre de responder a las preguntas de siempre:
¿Quién soy yo?
¿Qué hago aquí?
¿Qué sentido tienen las vueltas y revueltas del camino?
En otra época, buscábamos gurus o Maestros, pensando que ellos tenían las respuestas
podían satisfacer nuestro hambre espiritual,
pero sólo podían darnos migajas de sus propias búsquedas y hallazgos.
Pero un verdadero Guía no satisface el hambre con sus respuestas, sino que la aumenta,
reenviando a cada cual a su propio camino.
Es lo que hacía, por ejemplo, Krishnamurti.
Otros auténticos guías, aún vivos, como el monje budista Tich Nhat Hanh,
indican con su práctica dónde se halla la despensa inagotable al alcance de todos:
la atención consciente, momento a momento, en la vida cotidiana.
Y para lograrlo existen sencillas técnicas como sentarse cada día unos minutos a meditar,
caminar lentamente disfrutando del camino
o hacer un alto en lo que se está haciendo cada vez que suene el teléfono.
Se trata de volver cada vez que nos demos cuenta al “aquí y ahora”,
al ritmo de cada inspiración y de cada espiración.
El alma se alimenta entonces de estas iluminaciones concretas:
la iluminación de tomar un té totalmente atento;
la iluminación de recibir la sonrisa de un niño que llena el instante de fulgor;
la iluminación de darse cuenta del gozo de respirar y sentirse vivos…
La mente se alimenta de pasado y de futuro, de recuerdos y proyectos sin fin;
el alma se alimenta de presentes intensos, de un Aquí y Ahora intemporal e irrepetible,
pero no desprecia los “aperitivos” para llegar a ellos:
la lectura de un libro inspirador, una conversación profunda con un amigo
fundirse con la noche estrellada o perderse en las entrañas de un bosque.
En definitiva, aprecia todo lo que suponga un corte con lo superficial
y nos devuelva a las honduras y a la simplicidad.
El alma necesita a veces una escucha profunda de sí misma, a solas,
o con alguien enfrente que la oiga de verdad, que comprenda, que acompañe sin juzgar ni dar consejos,
pero con una presencia total.
La escucha profunda y callada de la pareja, de un amigo íntimo o de un profesional
que haga de espejo pueden ser en algún momento el mejor alimento de un alma desazonada.
Con el tiempo, aprendemos a dejar que el alma se nutra cuando lo necesita de esa música que la eleva,
de aquel paisaje que la expande, de la compañía de otras almas conscientes de su necesidad de alimentos sutiles.
Al final, llega un momento, en que cualquier acontecimiento del día
y todo cuanto nos rodea puede alimentar el alma,
porque cuerpo y alma se han fundido en el abrazo de la re-unión.
Una simple manzana contiene entonces el universo entero y su aroma y sabor adquieren la dimensión de lo Real.
Los alimentos del alma están entonces por doquier:
basta mirar con los ojos del corazón, tomarlos con agradecimiento
y dejarse transformar en la totalidad que somos,
soltando los límites con los que nos hemos tanto tiempo identificado.

ALFONSO COLODRON