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viernes, 30 de julio de 2010

Los espejos rotos, narración escrita e ilustrada por Pulo

© 1993
Esta es una historia plenamente fantástica. Y el motivo de este conato de prólogo es nada más para explicar, ya que algún conocido me comentó si para ciertas escenas me había basado en ellas, que este cuento nada tiene que ver con la serie de películas del pícaro Jack Sparrow; en Registro de la Propiedad Intelectual consta como fecha de presentación al menos dos años antes de que dicha serie se proyectara en los cines. Con ello no quiero señalar otra cosa distinta que una evidencia: todos recurrimos a lo que leemos y, en mi caso, es muy probable que tuviera más presente las obras de Willian Hope Hodgson, precursor de Lovecraft y admirador incondicional del primero, que de ningún otro.
Nos repetimos, y todos, queramos o no, estamos influídos por “el imaginario colectivo”. Eso es al menos lo que yo pienso.
Luis
LOS ESPEJOS ROTOS

El carguero de mantenimiento había largado el ancla y de inmediato sobrevino un silencio tan tenaz que, al instalarse como señor de la noche, lo empapó todo de una calma desusada en la que hasta los rumores se engullían a sí mismos; entre tanto, las nubes cruzaban por la media noche enlunada y una luz ambigua se solidificada por el rincón de la mar del poniente.
Y allí, por los enfermizos resplandores del sendero marino, la mole del faro clavada sobre la gran roca como imagen entresacada de un mal sueño, venía al encuentro de los dos tripulantes a cada remada con artera lentitud. Detrás iba quedando el barco, aquietado ahora y bamboleando la luz del fanal del palo mayor; y por avante, el gran ojo de la torre fantasmal los recibía esparciendo latigazos de luz que barrían todo un horizonte remoto y sin límites sumido en las tinieblas.
Un marinero anónimo tiraba de remos resoplando; el otro, el pasajero, asía una raída maleta contra sus rodillas sin perder de vista el objeto arcano de su destino: la Roca del Sapo, o, mejor dicho, el faro de la Roca del Sapo; un nombre al que nadie supo nunca encontrar la remota relación que pudiera existir entre semejante bicho y el islote.
Pronto, por obra y gracia de la calma reinante, se abarloaron sin más dificultades a la plataforma de la orilla: un estrecho, húmedo y herrumbroso mazacote de hierros y cemento erosionados milagrosamente encajado entre las peñas.
De inmediato les asaltó el denso olor de algas emergidas con la marea baja y vieron a un hombre que aguardaba junto a la escalerilla oxidada. También él cargaba con su maleta, tan raída como la del visitante nocturno, aunque no era demasiado visible, si acaso una sombra más entre las sombras; aún así, resultaba incongruente que, a pesar del bochorno latente, el individuo se abrigara cuidadosamente con el chaquetón marino subido el cuello y bien calada la gorra hasta las orejas, de manera que la visera se transformaba en antifaz hecho a su vez de sombras. De todo aquello, lo único claramente perceptible a los sentidos eran las vaharadas de una cachimba apestosa capaces de atufar a toda la repisa y sus contornos.
Este individuo se hizo cargo con presteza del cabo que voló desde el bote. Lo aseguró en la bita con un rápido amarre y seguidamente ayudó a desembarcar al recién llegado. Sin apenas detenerse, lanzó su propio equipaje al fondo del bote y ocupó el lugar vacante de un limpio salto que generó un brusco balanceo. Sin pausa en el trasbordo recuperó el cabo de un tirón y se apartó de la roca con el bichero.
Para sorpresa del recién llegado realizó todas aquellas maniobras sin abrir la boca nada más que para emitir gruñidos y dar grandes chupadas a la cachimba, tal y como si le fuera la vida en ello. El chinchorro se alejó, y no estaría más allá de medio cable de distancia cuando el taciturno relevado se avino por propia iniciativa a demostrar que no era sino un mudo circunstancial
—Usted debe ser el nuevo farero, Adam Grinsby, supongo… —espetó con un vozarrón curtido por el humo, seguro; y por el aguardiente, cosa muy probable cuando las soledades arremeten.
El aludido asintió en silencio y como dudara que el otro le hubiera podido distinguir, agregó a voces:
—Efectivamente.
—Pues ahí se queda con su maldito faro. Y… ¡que le aproveche!
Remató la frase con un sonoro escupitajo lanzado por el colmillo como despectivo homenaje a la oscura silueta de la mole.
—¡Vámonos de aquí, muchacho! —apresuró; y sus palabras parecieron la expresión de un puro desahogo, casi un suspiro de alivio.
El joven Adam, que andaría por una recién estrenada treintena, no supo qué pensar del estrafalario personaje del que no había obtenido la menor información, y que había prescindido (y esto era ya completamente incomprensible) de todas las formalidades, lo que no era en modo alguno de recibo en los relevos de cualquier puesto a todo lo largo y ancho de este mundo. “De todos modos, se dijo, los locos no escasean y te aparecen donde menos lo esperas. Por fortuna, tengo claros todos los protocolos, conozco mis obligaciones, y no soy un novato precisamente“.
Con el mismo sigilo que había llegado, la barca se fue alejando arrumbando hacia las luces que danzaban a media milla, allí donde el barco agarraba su ancla en los límites de la baja de escollos sumergidos, punto de inflexión donde se precipitaba el abismo.
—¡Ah del faro, ah del faro —resonó el vozarrón por un lugar ya sumido en las tinieblas.
Era la voz del dimitido farero que le advertía desde lejos:
—…Junto a usted, novato… —las palabras se desvanecían a retazos ahogadas por el rumor cercano del agua en las rocas— …suelo, un farol… y cuidado al subir… estúpido, partir la cabeza y los peces…contentos…
Y al final la risotada bronca que sí fue clara y rotunda, y que como colofón aleteó igual que un invisible pajarraco. Adam maldijo a toda la parentela del viejo sin excepciones ni consideración alguna, y desconociendo la causa, influido tal vez por la inusitada actitud de su predecesor, de quien apenas había tenido la visión fugaz de un rostro ajado, permaneció inmóvil dejando pasar los minutos sentado sobre la maleta, junto al farol apagado.
Al cabo de un tiempo de medida incierta escuchó el tonk-tonk-tonk de los motores con su retumbo peculiar sordo y constante. Luego, la calígine de la noche se los fue tragando hasta ahogarlos. Más tarde fueron las luces las que se eclipsaron, babor y estribor no significaron ya nada; sólo permaneció la noche y el silencio descendiendo del cielo oscuro, y con él la paz absoluta de sus primeros minutos en aquella roca alejada de todo, aislada, apenas poco más que una mota negra en las cartas marinas, un insignificante peñón emergido como cabeza visible de montaña hundida; pero sobre todo, guía permanente en la noche para los cargueros que se atrevían a singlar por las proximidades de tan peligrosos bajíos.
En plena oscuridad y a la menguada luz del farol, el flamante farero emprendió la subida temiendo dar un paso en falso y despeñarse en el vacío. El vértigo de la profundidad presentida bajo sus pies le obligaba a caminar con cuidado pegándose a la pared de roca. Alzaba el farol, arrastraba la maleta y maldecía en susurros.
El nimbo húmedo de la luz del fanal mostraba tramos de escalera y rampas de hormigón deshechas; la pared de roca rezumaba salitre y estaba tan resbaladiza y pegajosa como la barandilla, igual de carcomida y oxidada. “Esta barandilla parece un cascajo. No te fíes, muchacho”, se dijo. Un golpe fortuito con la maleta vino a confirmarle hasta que punto acertaba de que aquel hierro era tan débil como la madera podrida: el encontronazo actuó quebrando y derribando uno de los fragmento, que desapareció resonando en las sombras. “Demasiado abandono. Quizás intente repararlo si encuentro los medios”. Supo instantáneamente que, si por un exceso de confianza se hubiera apoyado en el hierro para tomar aliento, la risa del farero y su mención de que los peces se podrían contentos, estaría más que justificada. Esa risa no fue otra cosa que el malvado anticipo de un responso, o una útil advertencia sazonada con su buena dosis de mala leche.

Alcanzó, por fin, la cima del peñasco, una llanada ínfima casi ocupada por la base de sillares roblonados del faro, con la caseta del grupo electrógeno adosada en un lateral a sotavento. Y esa exigua meseta se veía delimitada por un vacío tan patente que parecía poseer consistencia física y el insólito poder de atracción que ejercen las simas oscuras, era como si las tinieblas hubieran envuelto al islote emergiendo misteriosamente de las aguas mudas y solitarias. Al pie de la estructura del faro, sobre la puerta, una lámpara desolada colgaba chirriando como un grillo al menor atisbo de brisa.
Agarró la maleta una vez más y avanzó dispuesto a tomar posesión de su mundo. Aquello que había buscado con ahínco tantos meses y meses: tiempo sin interferencias y sin interrupciones iba a tenerlo de sobra, raudales de tiempo, sí. Fue consciente de esta futura contingencia, pero en cambio no llegó a presentir ni por un momento que su vida acababa de tomar un derrotero irremediable desde el mismo instante en que apoyaba la bota sobre el peldaño resbaladizo del embarcadero.
* * *
Le despertaron el sol intruso y los chillidos largos de gaviotas tempraneras. Abrió los ojos y se estiró con media docena de contorsiones, entreveradas con variados gemidos de satisfacción, hasta quedar plenamente satisfecho cuando terminó de agotar los crujidos de su esqueleto; luego, dejó resbalar la mirada por el entorno de aquella cámara circular todavía en penumbra. Había pasado la noche en el piso más alto, debajo de la linterna, que a su vez era dormitorio y cuarto de trabajo atestado de cachivaches y armarios. Había un impermeable de hule que destacaba amarillo chillón colgando de un clavo sobre la cama de campaña, que, contra pronóstico, había resultado bastante abrigada, y confortable a pesar de lo espartana, en aquellas primeras horas de voluntario exilio. Estaba, pues, en el habitáculo destinado a transformarse en corazón de un mundo que habría de cobijarle al menos los próximos seis meses si las cosas transcurrían como dios manda.
Se despabiló totalmente y bajando la escalera de caracol -160 peldaños de piedra con troneras en las paredes laterales para obtener luz y saber dónde poner los pies- y se atrevió a enfrentarse deslumbrado con un exterior radiante y limpio barrido por un viento bonancible. Una vez fuera fue capaz de desprenderse mentalmente de ataduras físicas y se contempló pequeño, pegado al mínimo trozo de tierra bajo el sol cercado por una mar interminable cuajada de blancas cabrillas. Tomó conciencia de su absoluto aislamiento sobre aquel montón de rocas, siempre amenazadas por el empuje de todo un océano, que enjambres de gaviotas hambrientas había tomado como nidal oponiéndose incansablemente al viento alrededor del faro sin dejar de emitir sus chillidos estridentes.
Aquella sensación de expansiva inmensidad se le infiltró por dentro de la piel inundándolo y sugiriéndole, también, la impresión de haber volado hasta el confín de la tierra; cerca estaba ese lugar impreciso, esa raya incógnita donde los antiguos marineros situaron las cataratas de una mar que se despeñaba en las tinieblas del más allá, pobladas de monstruos y surcada de gemidos infrahumanos. Como contraste a las tenebrosas imágenes de historias pretéritas, la mañana era soleada y brillante, con las orillas de los cantiles tan transparentes que los fondos más cercanos, anfractuosos de repliegues y vegetación, dejaban de ser un misterio. Mas alejadas, hacia el sur, tres boyas olvidadas balanceaban sus campanas inútiles cubiertas de adherencias y herrumbre donde un día debieron lucir, brillantes de pintura, las marcas cardinales que avisaban de la presencia de escollos próximos al lugar donde se desplomaba el siniestro socavón del abismo. Allí la mar se volvía intensamente azul. Todo lo veía y todo lo presentía: el sol, la mar, las aves, la luz, las tinieblas y la oscuridad por venir; toda la panoplia de la naturaleza en la cuál, por un momento, llegó a sentirse intruso.
Por debajo, hacia el poniente (consideró increíble haber podido conseguido coronar la cima cargado con el peso muerto de la maleta y casi a ciegas) y vislumbró la mínima plataforma del embarcadero en los bajos del cantil por el que trepaba el único acceso al faro: la escalera en ruinas. Por fortuna, una grúa instalada en lo más alto le sacaría de apuros con mal tiempo siempre que no fuera excesivo.
Fueron menos de diez minutos los que empleó en recorrer el perímetro de la meseta. Pudo comprobar su topografía salvaje de peñasco vertical con derrumbes en la base. Hacia el noreste el oleaje rompía por encima de una extensa plataforma de bajíos casi invisibles que nunca aflorarían ni con la marea baja más viva, pero que allí permanecían, ocultos a menos de tres brazas de profundidad, omnipresentes y convertidos en una terrible amenaza. Cuando tomó la decisión de solicitar el puesto, supo del rumor de algún naufragio acontecido en aquellas aguas tan someras y traidoras.
Durante un buen rato disfrutó dejándose empapar por la canción de la resaca constante. Vio venir desde el este interminables olas, una tras otra, incansables. Observó los picados de las aves marinas en sus zambullidas; se deleitó con la profusión de arco iris que nacían de las espumas, los surtidores y cascadas de las rompientes que tronaban a sus pies; se refrescó con el soplo del alisio que le alborotaba la pelambrera rebelde. Estaba en el exacto epicentro de un círculo acuoso embebido en el paradigma de una soledad inefable y apaciguadora de viejas tensiones, que solamente se alterarían cada veinte días por la visita obligada del buque de avituallamiento.
Poco después, con desgana, abandonó su contemplación. Tras un desayuno de anacoreta decidió necesario establecer un plan de actividades y rutinas; tiempo habría y sobrado para descubrir hasta el más escondido de los rincones de su pequeño y pelágico reino, sobre todo, los ámbitos sumergidos, pues desde siempre se tuvo por un gran buceador y rastreador de fondos.
Dando la vuelta, su mirada tropezó con la mole del faro. Con la luz del sol, la erguida fantasmagoría nocturna de la llegada se había trocado en algo sólido y protector capaz de resistir con su fortaleza a los más desatados de los temporales que tan frecuentemente castigaban aquellas latitudes.
Impuesto ya en la necesidad de adaptarse para compaginar trabajo con tedio, que se anunciaba inminente y pródigo, Adam decidió, como terapia contra el aburrimiento, registrar con anotaciones el acontecer diario desarrollándolo con mayor o menor extensión según tuviera ganas y ánimo, de manera que cuando llegara el momento de la partida tendría material suficiente, incluso, para redactar un libro en el que se hablara de soledades, o para releer aquellas notas y buscar en ellas las ventajas de dos situaciones enfrentadas: las diferencias entre la vida en aislamiento, frente a esa otra del espacio compartido, o disputado muchas veces, a la que tendría que volver más pronto o más tarde, a su pesar. Pero lo importante verdaderamente en esta idea, consistía en entregarse a una distracción de disciplina mental, a un ejercicio intelectual que contrapesara la rutina de tareas mecánicas, que, aunque útiles y necesarias, muchas veces sirven de poco cuando de preservar la salud mental se trata.
Así que al caer la noche del tercer día, con todo funcionando sin contratiempos, cogió uno de sus cuadernos y, como sucede con esos pensamientos incontrolados que preceden al sueño, dejó divagar la mente y escribió las impresiones de sus primeras horas en el islote.
“14 de Septiembre. Día de los Espejos Rotos”
“Parece mentira, pero después de tantos preparativos he comprobado que carezco de espejo de repuesto (un olvido estúpido) y he decidido dejarme crecer la barba si no quiero herirme con la navaja, puesto que soy bastante inútil afeitándome.
“Ayer, nada más deshacer la maleta para ordenar mis contados cachivaches, comprobé que, seguramente, y a causa del golpe que le aticé contra la barandilla, mi espejo estaba hecho trizas. Me puse de muy mal talante, pues según la gente, o algún tipo de gente más exactamente, la acción voluntaria o involuntaria de romper uno de esos trastos acarrea siete irremediables años de mala suerte; y aunque no soy supersticioso declarado, es bien cierto que a nadie le gusta empezar un nuevo episodio de la vida con mal pie: o sea, entendámonos: rompiendo espejos.
“Más tarde estuve buscando por todo el faro con la esperanza de encontrar uno olvidado por cualquier rincón; y sí, encontré dos; uno minúsculo, no más grande que la palma de mi mano, y el otro algo mayor; ambos inservibles, decididamente rotos. Pero resultaba curioso: por las estrías de las fracturas se advertía claramente que el deterioro había sido provocado con certeros y meticulosos golpes que desmenuzaron el centro marcando alrededor una tela de araña de fragmentos que impedía el reflejo de las imágenes absolutamente. Aparte de eso, lo absurdo es que estaban dentro de un envoltorio uno junto al otro, cuidadosamente escondido en el fondo del cajón del armario más achacoso y deslustrado de todo el edificio. Olvidados y conservados, chocantemente conservados y ocultos. Debo constatar mi extrañeza e incapacidad, por más cábalas que he inventado tratando de encontrarle una explicación convincente al asunto, pretendiendo resolver el enigma. Me rendido sin encontrarlas respuestas.”
Adam prosiguió con su empeño en los días siguientes. Recorría cada metro cuadrado del islote y escribía a la puesta de sol, cundo fuera daba la impresión de que el mundo se esfumaba para revelarse a cada destello del faro como una incógnita más.
“15 de Septiembre. Un día excelente de pesca.”
“En dirección nordeste existe una mínima plataforma elevada al borde mismo de la oscura entrada de una cueva excavada por las olas, que rompe la verticalidad de los cantiles. Con mar tranquila es de fácil acceso y un lugar muy cómodo para pescar, pues queda libre de rompientes y sus charcas se transforman en vivero de cangrejos y caracoles ermitaños estupendos como cebos vivos
“Desde su punta, volada y suspendida por encima de las espumas, me he dedicado a lanzar la liña sin tregua durante toda la mañana y buena parte de la tarde. El resultado ha sido la absoluta certeza de que aquí jamás podría morirme de hambre, tal es la voracidad de los cardúmes roqueros. Me he prometido grandes y largas horas de futuros disfrutes con el fusil de gomas o con el tridente.
“Al final de la jornada, cansado y castigado por el sol, he deducido que tanto pez era un desperdicio inútil. Además, tampoco hay nadie por los alrededores para presumir señalándole: “así de grande”. Con un par de ellos tuve de sobra para la cena.
“Ahora mismo, mientras escribo, ha venido la noche; la lejanía se ilumina constantemente con los fulgores de una tormenta silenciosa. Se ha levantado viento racheado y fresco y la marejada se está alzando por los roquedales con el estruendo de un tren. Van siendo muchas las nubes que se empeñan en tapar la luna a toda velocidad. Ella se obstina en lucir, pues, como a mi, le gusta tener un espejo donde mirarse; en eso coincidimos, son cosas de la vida. A la vista de lo que viene, barrunto que ganarán el viento y las nubes. La luna se esconderá y yo también me eclipsaré en lo más recóndito y confortable de mi guarida.”
“16 de Septiembre. Día de la borrasca”.
“Desde la noche de ayer hasta la de hoy los dioses sombríos de la galerna han extendido sus alas de horizonte a horizonte como bandadas de pájaros negros, como si desearan perpetuarse yendo y viniéndose igual que un río de viento anchuroso que robara espumas a la mar para entregársela a un aire gris cargado de plomo.
“Ceñido por las nieblas he aguantado aburriéndome soberanamente mirando al cielo; un cielo que es como un techo violáceo que se desliza y que oculta, en el seno de sus negruras, manadas de caballos desbocados; y tanta y tan tupida es la vorágine de lo alto que ha cambiado el día por tarde cerrada, la luz por penumbras y las horas de sitio volviendo loco al reloj. El sol podría estar acostándose ahora o haciendo equilibrios en lo alto del cielo; no lo sé, y para el caso da lo mismo a pesar de lo que pueda decir el trasto de mi muñeca. Pero sé, y para no andar con dudas que en realidad no lo son, que la noche está cercana, que estoy recluido y como escondido dentro del faro, y que las horas se me estiran y estiran, elásticas. Y que parece que cada segundo del presente parece negarse a ser recuerdo sin querer, tampoco, trasponer la inexplicable línea del futuro. Aquí estoy, pues, estancado en el tiempo y casi ensordecido. Los caballos de las nubes y los tritones de la mar siguen con sus galopes, y la lluvia del cielo y la otra, la horizontal del océano, mezcladas en una sola y única racha, no me permiten ver más allá del hervidero fosforescente que se arremolina sobre los bajíos por el pesado empuje de poderosas olas de leva que no cesan de estallar a cada envite.
“Trato de desentenderme de la borrasca y, aunque intento ignorarla, no puedo. Su carga me electriza y no me atrevo a extender las manos como en un conjuro por si acaso saltan chispas azules desde las puntas de mis dedos, no me sorprendería, y no puedo evadirme de percepciones tan sensitivas, ni lo intento. Busco nuevos sonidos entre las sombras y de continuo solo escucho al viento con una voz preñada de imágenes de espacios revueltos; una voz misteriosa, absoluta. Esta tormenta me está provocando efectos tan extraños como nunca los había sentido. Me pregunto si será culpa del faro que debe acumular algún tipo desconocido de carga energética que me esté afectando. Me lo imagino negro, desafiante, lanzando a los cuatro puntos cardinales su haz sólido y brillante y plantándole cara a los elementos; imaginarlo resultaba imponente para mí y, sin embargo, podía ser frágil y desdeñable frente al rigor desatado de los espacios. Me resulta imposible concentrarme en nada ajeno al torbellino, Resulta tan obsesiva esta tormenta, que me ha robado el sosiego y no me deja en paz: aúlla, diluvia, hace temblar la roca entera queriendo desgajarla de sus raíces; mas no podrá, lo sabe, pero no por ello se rinde. Espero, al menos, poder dormir esta noche. Dormir será una forma de burlar el aburrimiento y la tensión de todo un día. Adivino que entraré en el sueño con la imagen del embarcadero en su naufragio repetido. Hace bastantes horas, antes de haberme visto obligado a buscar cobijo atrancando el portalón (sin saber por qué) lo estuve observando para sopesar las dificultades a la hora de utilizarlo cuando los elementos se han desencadenado. Lo he visto desaparecer cinco o seis metros bajo la respiración profunda de las aguas soliviantadas y emerger luego chorreante, como alma animada que ansía respirar. Era como ver por primera vez el espectáculo del tenaz empeño con que la mar acosa las orillas de su mundo.”

De esta manera persistió Adam jornada tras jornada, sin variaciones a la hora de sentarse bajo la luz, frente al cuaderno, parándose siempre unos instantes para recordar el pensamiento más descollante de la memoria reciente.
Una de ellas reseñó el hallazgo de nidos de pardelas, esas aves tontas que tienen la mala costumbre de estrellarse contra las luces que las atraen irremediablemente. Algunas noches las crías arremetían en bandadas contra la del faro y aparecían a la mañana siguiente desmadejadas, con la sangre reseca, tiradas arriba, en lo alto del mirador o al pie del torreón con las plumas temblando con las brisas.
Otro día encontró un accesible criadero de erizos y anotó su contento. Para él suponían un manjar de manjares, un placer gratuito al que añadir la facilidad de su captura sin apenas mojarse por encima de las rodillas.
Pasaron otros días en los que apenas tenía nada que reseñar, pero por propia imposición se obligaba a sentarse y anotar cualquier cosa:
“Hoy se averió la válvula del combustible. Nada importante y la he dejado como nueva. Uno que es un manitas”.
Y otro, invadido por sentimientos líricos:
“Una luna espléndida y una calma infinita. Se mece uno en esta paz. Es como sentirse lánguidamente acunado por el cosmos en una órbita estelar percibiendo el latido del universo por cada poro…”.
Otras veces el talante era más de orden práctico:
“ He subido a la linterna. Aparte comprobar que el correcto funcionamiento de la lámpara emitirá los destellos con los intervalos y duración previstos, particularidad que define a cada uno de los faros, me resulta cargante el tener que limpiar las lentes de la farola, pero es que aquí las inflorescencias del salitre son tan persistentes, tan pegadizas y densas que ni siquiera llegas a reflejarte cuando subes para revisar las lámparas o el mecanismo de giro. Menos mal que esta condenación apenas afecta a la luminosidad, de lo contrario tendría que estar demasiado pendiente de eliminarlas consumiendo el agua potable de los depósitos y el algibe. Limpiaré otro día aunque las normas digan otra cosa al respecto.”
* * *
Con leves mudanzas el tiempo fue devanándose pausadamente y sin sobresaltos. Olas sobre olas de luces y penumbras con soles brillantes y arrebolados crepúsculos se remplazaban con la puntualidad de viejos relojes suizos; y esa alternancia prestaba cada día un color nuevo y mudable a la silueta de piedra del faro que iban desde el resplandor de la hora meridiana al cobrizo y malva del sol moribundo cuando la tarde gastada se deshacía.
Por dos veces había venido de arribada el buque de mantenimiento, distinto en cada ocasión, y Adam, acomodado ya al mutismo, apenas había intercambiado media docena de palabras con los marineros que transbordaron los suministros y el agua. Tampoco solicitó nada de tierra firme; se limitó a remitir un ordenancista y escueto informe. Poco más tarde los despidió agitando los brazos en respuesta a los toques de sirena que rebotaron en la roca y que, describiendo un inmenso arco, se silenciaron camino de la inalcanzable línea del horizonte.
Una de aquellas noches, mientras Adam dormía, en las primeras horas de la madrugada, la masa deslizante de una espesa niebla recorrió la mar de lado a lado envolviendo al faro. A causa de su sueño profundo, aunque pronto a despertar por costumbre, Adam no supo ni pudo identificar el origen del alboroto que vino a sacarle del reposo repentinamente.
Tuvo conciencia de haberse incorporado con los ojos abiertos de par en par y con el oído atento sin explicarse la causa. Escuchó tratando de separar el rumor habitual de la resaca de algún otro retumbo distinto que hubiera invadido, como un intruso, un espacio sonoro que no le correspondía. No pudo percibir nada ajeno o extraño a los sonidos acostumbrados que se generaban alrededor de la roca. Decidió volver a dormirse refunfuñando, pues la manecillas del reloj apenas rebasaban la una de la madrugada; y no lo consiguió. Sus ojos se negaban a cerrarse perdidos en la oscuridad de un techo invisible. Necesitaba el descanso, pero su sueño navegaba ya por los espacios siderales sin concluir por descender y posarse en sus ojos ni penetrar en su conciencia.
Empezaba a levantarse para enfrentar los minutos venideros de vigilia sobresaltada sin remedio con alguna lectura y su buena cachimba, cuando escuchó el tumulto amontonado de las voces. Creyó de inmediato en la posibilidad, nunca descartada, del drama repentino y traicionero de un barco descuidado por sus guardias; pero aquellos gritos lejanos no encajaban en los desesperados e inconfundibles de un naufragio; más bien recordaban los de una juerga comunal: oleadas de clamores ahogados que disputaran o maldijeran entre risotadas.
Con el ánimo encogido, atónito e intrigado hasta el límite, se aprestó a escuchar. El revuelo iba y venía, se acallaba a ratos devolviéndole la tranquilidad robada a la peña para renacer de nuevo con voces enigmáticas, cada vez más debilitado y cada vez más ininteligibles.
Fue entonces cuando Adam reaccionó para encararse con la posibilidad de una emergencia, improbable, pero posible. Se abalanzó al exterior con el farol tratando de iluminar allá donde no alcanzaba de lleno el resplandor de la linterna de la cúpula. Desde el borde del precipicio se afanó en ver el bajío, para comprobar desalentado que con la densidad de la niebla era imposible. Aún así, continuó escudriñando, zambullido de lleno en el silencio sobrevenido de la noche. Apagó el farol y con la vista medio adaptada ya a la penumbra, advirtió que por el extremo más distante la niebla se rasgaba descubriendo el lugar de las espumas fosforescente. Forzó la mirada y pensó que en todo aquello lo insólito era la norma: el tumulto que acababa de apreciar no coincidía en nada con las circunstancias que rodean siempre una tragedia en la mar, que alguna conocía por propia experiencia. Dos veces en su vida de trabajo había tenido que enfrentarse con esos accidentes terribles y dramáticos. Ahora no flotaban restos destrozados ni ser humano alguno desesperado se aferraba a las lajas cortantes buscando la salvación. Era el vacío absoluto, la soledad de la mar negra y solitaria; y era, también, otra vez el silencio.
Hubo un momento en que arreció más la brisa abriendo los flecos del manto de brumas coincidiendo con dos rafagazos seguidos de la farola, y la visión, momentánea y repetida de lo que apareció, le privó del aliento: un viejo buque, un antiguo galeón que se alejaba entre remolinos de vapores justamente por encima de la plataforma sumergida. Tuvo tiempo sobrado de contemplarlo en la distancia; brillaba con la luminiscencia del fuego de San Telmo que corría centelleando por cofas, masteleros en ruina y tronchados, soportes de colgajos de lonas podridas o lo que quiera que fuese aquello. En sucesivos rafagazos fue comprobando que aparecía invadido por racimos de algas chorreantes y recubierto de adherencias propias de los fondos y de los siglos. También vislumbró, espantado, un número de inciertas figuras que, al igual que zombis, deambulaban por la cubierta bajo el aura desmayada y evanescente del increíble resplandor; se las veía cubiertas de andrajos y con tantas excrecencias adheridas como el barco, y que muy lejos de estar empeñadas en cualquier tarea, no cesaban de caminar como si su sino no fuese otro que el de vagar sin meta a lo largo del combés exhibiendo su aspecto miserable y mortecino.

De improviso quebró la noche una voz tan bronca y resonante que parecía provenir del fondo de una sima:
-¡Maldito seáis, Adam Grinsby! Apagad esa odiosa lumbre que me daña la vista.
Y una vez más, al buque surgido de un tiempo muerto como trasunto o arquetipo del Buque Fantasma, se lo engullía otra bocanada de niebla.
Hora tras hora aguantó esperando otra nueva aparición, hasta que con la noche aun a flor de agua, las palideces se insinuaron por el oriente despejando las nieblas y mostrándole la mar desierta y encalmada. Entumecido y arrastrando los pies acalambrados, abandonó el borde del acantilado con la mente convertida en un caos generado por la aparente realidad vivida. Se sabía incapaz de encontrar una explicación congruente al descabellado suceso. No entendía nada. Penetró en la torre y se derrumbó sobre el camastro perdido en cavilaciones en las que lo absurdo destacaba por derecho propio. Ni bebida, ni droga, ni otra clase de modificadores de la realidad podrían haberle provocado tan realista y detallada alucinación. Durante las horas de acecho y buscando respuestas, aun las más inverosímiles, tomó la decisión de investigar el único lugar donde poder confirmar lo singular de sus sospechas, el único probable: el fondo incógnito del arrecife, en el cuál, después de la visita nocturna, supuso que internarse sería tanto como arriesgarse a jugar con su propia vida o, acaso, con el mismísimo diablo en persona.
“Un día cualquiera. A mediados de Octubre.”
“Me introduje de lleno en ese mundo nuevo y ajeno. Nuevo, por renovado cada vez que lo invades; y ajeno, porque no es tu mundo, sino el de otros. Desconocía si aquello que me esperaba sería la sorpresa de un imaginario fantástico o, quizás, un hondo respiro de satisfacción al no encontrar nada extraordinario con que poder mandar al cuerno toda una gama de temores que no me dejaban ni dormir tranquilo. Por eso fue que me lancé a las aguas reposadas de la mañana decidido a enfrentarme con el misterio de una vez por todas.
“A través del crista de la máscara, escuchando mi propia respiración acrecentada a lo largo del tubo, se me ofreció todo el paisaje desconocido sobre el que mi vida iba transcurriendo hora tras hora.
“Lo primero que divisé fue la pendiente escabrosa sembrada de algas mecidas por el flujo de las aguas someras; luego un talud brusco apoyado en las honduras, apenas percibidas, de rocas descoloridas impregnadas de azul. Después, ganando espacio y bordeando todo el bajo sin abandonar la pared tapizada de anémonas y erizos de largas púas entre gorgonias y algas verdes, avancé desbaratando por sorpresa un cardumen de brillantes pececillos; un par de morenas no me perdían de vista desde la boca de su guarida prestas defender su territorio.
“Proseguí rodeando el bajío, largo, accidentado y con altibajos repentinos reducto de reflejos y sombras; parecía un jardín acuático. Pude comprobar como ese jardín se desmoronaba bruscamente hasta la plataforma inferior, apenas entrevista ya porque la luz decrecía a cada braza. En uno de los extremos de este lomo se levantaba el macizo del faro; en el otro, lo incógnito. Así que por un lado la piedra se escapaba al mundo del viento; por el opuesto se precipitaba con un violento descenso hacia lo oculto y secreto, puro maniqueísmo de los océanos: la luz de Ahura Mazda enfrentada eternamente a las tinieblas de Angra Manyu.
Nadaba casi por la superficie. Por distintos lugares el roquedal casi afloraba por encima del nivel de la superficie y las espumas, que desde arriba eran como derrames de blancura, desde abajo se transformaban en un bullicio constante de nubes y espirales de burbujas mercuriales que nacían y desaparecían y volvían a brotar a cada acometida de la ola incesante y repetida.
“Me aproximaba al extremo final del espolón. Por una vieja carta batimétrica no me era desconocida del todo la inusual topografía de aquel bastión que, ansioso por emerger, únicamente había logrado asomar una mínima parte: la cabeza de la Roca del Sapo; todo lo demás era una caída vertical y escalonada todavía no medida, un espacio abisal inalcanzable para las posibilidades humanas. Allí todo había que dejarlo a la imaginación.
“Imaginado y todo, desde que arribé a mi faro nunca pude prever la impresión demoledora que me ha causado su aspecto real. Ha sido como llegar ante las puertas de un infierno acuoso. Junto a él se siente el vértigo; detenta un poder irreal y subjetivo de poderosa succión que te atrae irremediablemente con su tenebrosa fascinación; que suscita un temor irracional a ser atrapado. Es como una amenaza que late y que sube desde lo desconocido.
“Dudé si volverme a la seguridad de mi ventosa meseta para poner los pies en seco, y olvidarme de lo extravagante que resultaba querer encontrar respuestas a una visión que probablemente tuvo mucho que ver con una mente ofuscada por un chispazo alucinatorio. Todo aquello me pareció muy poco coherente en sí mismo, mas el acicate y la fascinación de lo que intuía peligroso resultaba mucho más poderoso que la prudencia. Y con todo, en mi fuero íntimo, lo que en realidad sucedía es que deseaba con todas mis fuerzas combatir el miedo a lo absurdo.
“Apenas me quedaba por rebasar una gran laja dentada para asomarme a esa temible puerta velada por la gran cortina azul. Di un impulso final y gravitando muy despacio volé sobre la roca. Quedé suspendido en el vacío prendido en el hechizo morboso de eso que llaman “la llamada de las profundidades”. Traté de dominar la repulsión: había llegado hasta allí en pos de la sospecha y ahora no tenía más que mirar. Y miré, sí; y pude contemplar el descenso brutal del acantilado hasta una plataforma, la única visible, pues la piedra continuaba hundiéndose en la progresiva oscuridad del precipicio. Entonces, recuperando la mirada errática hasta ese momento, vi claramente el navío sepultado. Estaba casi debajo de mi vertical durmiendo bajo el lastre de centenares de años, increíblemente afianzado y retenido en el borde del último tajo, encajado en la peña y clavado por las corrientes como una cuña. Reposaba inclinado sobre la banda de estribor con la popa salediza y sin apoyo; desarbolado y tan arruinado o más que cuando noches antes mis ojos lo vieron derivando entre las nieblas. No cabía error posible; en todo caso, esta confirmación podía asociarse con lo inaudito, y nada más. El galeón de las historias marineras estaba, sin lugar a dudas, hundido en aquellos fondos donde aseguraban los rumores supersticiosos; pero lo más espantoso es que yo lo había visto flotando y poblado de sombras que, además, tenían voz y maldecían a conciencia.
“A pesar de que debía tener los pelos como escarpias continué mirando y lo supe muerto; muerto y vencido. La vida de los fondos lo cubría como una mortaja. Todo género de concreciones habían ido invadiéndolo sin descanso y ahora se mostraba enmascarado de algas informes, de madréporas, de filamentos sinuosos y de ingentes masas pardas y algodonosas. Ni un sólo palmo de la estructura rendida estaba libre de la invasión parásita.

“No resistí demasiado tiempo el examen. Comencé a sentir un frío acuciante que se generaba en mi propio interior y me sacudieron temblores de hipotermia incomprensibles en aguas tan templadas. Abandoné el paraje del pecio y regresé nadando todo lo deprisa que fui capaz sin apartarme ya del cobijo de las rocas. Huí del abismo y el miedo era mi compañero.”
* * *
En un tiempo remansado, aunque con los ojos fatigados por el reverbero solar o por el esfuerzo de intentar traspasar las oscuridades nocturnas, Adam no cesó de atisbar a todas horas desde la tronera de su refugio la superficie de aquel inquietante espacio de la mar solitaria.
Había barajado todo el mazo de posibilidades de lo acontecido sin descartar en principio ninguna de ellas, ni aun las más extravagantes. Todo aquello era una sinrazón aparente, y en la sinrazón subyace un aspecto oculto que, cuando se desvela, descubre razones muy justificadas casi siempre. Una explicación descabellada (y no por descabellada menos considerada por él) se abría paso entre el fárrago de todas sus suposiciones: la del engaño. Pensaba en la posibilidad de un turbio asunto al margen de la ley que a base de imposturas hubiese montado la escenografía con la parición del galeón resurrecto incluida. Pero semejante interpretación, única aceptable -y todas las demás no dejaban de ser incursiones por un mundo de paranormalidades poblado de alucinaciones- adolecía también de sentido común. ¿Quién iba a complicarse en tan costosa y desorbitada representación con el solo objeto de asustar a un pobre y solitario torrero? ¿Acaso, de ser este el motivo, sucedía que no deseaban testigos inoportunos para poder recatar las riquezas atribuidas al galeón y hundidas con él? Recordé, entonces, la leyenda transmitida en rumores en la que se contaba que, descubiertas las minas de Zacatecas y las del fabuloso Cerro del Potosí a mediados del siglo XVI, una tormenta desbarató por las inmediaciones del arrecife del Sapo parte de la española Flota de la Plata procedente de Portobello y de Cartagena de Indias, y que los piratas, muy duchos en capear tormentas, entablaron combate. Varios buque se fueron a pique, tanto de la flota filibustero como de la armada realenga. A pesar de la probable veracidad de tan lejanos acontecimientos, lo cierto era que tampoco entraba dentro de lo normal organizar toda la pantomima del espectáculo cuando resultaba más simple y expeditivo la liquidación del testigo y arrojarlo a las aguas. Si algo sobraba por allí, era la facilidad de contar con una inmensa tumba: todo el océano y sus corrientes, amén de buenas manadas de tiburones hambrientos y siempre vigilantes que se hubieran regalado con un buen festín.
Con todo ello, persistió en su vigilancia horas y horas, día tras día, aburriéndose mortalmente por las mañanas, refrescándose cuando se atenuaba la luz en los ocasos, y sintiendo los rigores del frío húmedo por las noches. Pasaron semanas y nada vio, nada emergió de entre las olas y nada vino de las lejanías. La mar completamente vacía, sin presencias.
“26 de Octubre. Día de la sospecha”
“He encabezado esta anotación con motivos ya que hoy mis sospechas parecen tomar cuerpo. Tengo la impresión, aunque me resulta difícil de admitir, que merodea por las cercanías sin dejarse sorprender un grupo de desalmados, y que mi antecesor, quien quiera que sea, no es ajeno a tales manejos. Ayer, de madrugada, me entretuve en rebuscar por los cajones de un desvencijado buró, que ni los dioses saben cómo pudo llegar hasta aquí con tantas molduras, torneados y aplicaciones de bronce. Fueron apareciendo un sinnúmero de papeles de toda laya: estadillos de reservas, cálculos de carburantes, diagramas de las instalaciones, códigos y normas a tener en cuenta frente a eventualidades en casos inusuales… Estaba seleccionándolos para deshacerme de lo inservible cuando en uno de ellos, el que estaba apunto de tirar al cajón, tropecé con unos datos sorprendentes. Se trataba de la solicitud de requerimiento de cuentas a un banco de Kingston. En ella se especificaba toda la información personal del hombre a quien relevé en el puesto y mi sorpresa fue mayúscula y mi desconcierto total. El individuo en cuestión,según la fecha de nacimiento que constaba en el documento, contaba exactamente treinta y cinco años y varios meses cuando yo arribé al faro. Sin embargo, el hombre que me recibió aquella noche de manera tan sorprendente y tratando de evitar con sus modos misteriosos ser reconocido, era viejo y no pudo disimularlo por más que quiso. Pude apreciar a pesar de sus maniobras, que era un viejo raro y sigiloso empeñado en abandonar el islote a toda velocidad; y un poco más tarde, ya en al seguridad que daba la distancia, no se recató de abandonar las precauciones y se mostró tan bestia como un jodido bucanero bribón con voz de borracho curtido en años.”
Cuando Adam terminó de escribir la reseña plagada de recelos y desconfianza, comenzó a sentir un repentino temor por lo que pudiera depararle el mañana sabiéndose totalmente indefenso. La atmósfera se impregnó de graves y perversos indicios que se sumaron al presentimiento de que un aire viciado estaba invadiendo la cámara y tomó la decisión de alejarse en busca de un aire más nuevo y refrescante.
La noche era cerrada. El farol de la puerta imitaba a los grillos y en lo alto la luz del fanal giraba y giraba y el fulgor las brumas horadaba intermitentemente los cuatro vientos. De nuevo las nieblas cerraban la mar como batallones precipitados. Venían rozando las aguas, deslizándose tan sinuosas como reptiles fatigados. Las primeras gotas en suspensión se le estrellaron en el rostro y cada siete segundos se hacían visibles cuando eran barridas por el haz luminoso de la cúpula.
Se disponía a refugiarse en el interior después de fumarse una pipa con la mirada perdida en la nada y un tanto aterido por la humedad, cuando en ese mismo instante y sobre el borde del abismo aparecieron tenues incandescencias verdosas tiñendo las nieblas. Irradiaban fulguraciones que aumentaban o disminuían de intensidad, titilando como latidos de un corazón verde. A ras del agua y desde el mismo seno de la niebla, rasgándolo para salir al espacio despejado, brotó de repente el ariete de un bauprés tronchado enredado en colgajos chorreantes seguido de un mascarón irreconocible por la maraña que portaba. Detrás del mascarón asomó la mole del navío con su arboladura desmoronada y maltrecha recubierta por todos los restos abisales de la prolongada mutación marina; era semejante a un arrecife en lento movimiento. Viró sin viento, ganando espacio sin que ninguna fuerza lo impulsara a no ser que fuese desconocida e imposible de percibir ni imaginar. Crujiendo y como a punto de abrirse en dos, costeó el roquedal sumergido y vino a detenerse bajo el voladizo donde Adam solía pescar.
Ahora era distinto; el farero se debatía entre el miedo y la curiosidad; pero era ahora cuando se le ofrecía la posibilidad de descubrir, entre tantas conjeturas, la realidad del fenómeno. También podía suceder que saliera malparado y más sumido todavía, si cabe, en el peligro si aquello que estaba contemplando se ajustaba con el argumento imaginado: nada menos que una partida de canallas encargados de perpetrar el acto ilegal de apropiarse de las riquezas del pecio. Pero enfrentado ahora con la prueba evidente, con el olor a podredumbre de hongo viejo y de lodos vomitados desde las entrañas de la mar, su tesis flaqueaba y se derrumbaba atacada por las pestilentes vaharadas que ascendían desde la nave.
A pesar de todo, decidió aguantar y espiar resistiendo las ganas de encerrarse en el más escondido rincón del faro asegurando trancas y cerraduras. Se tumbó en el borde de la cortadura entre unas peñas y esperó a cubierto.
Hasta el momento no se distinguía ni una sombra sobre la cubierta o sobre el puente rezumantes y encharcados. Poco duró esta quietud: a través de las escotillas comenzaron brotar como plantas nocivas en crecimiento una clase de seres astrosos y mudos que invadieron en un instante todo la estructura de lo que un día había sido la cubierta. Pudo verles, y esta vez muy de cerca, iniciar su deambular cansino y desorientado. Se les veía tan contagiados por la agresión de la gangrena marina como al mismo barco; vestían auténticos harapos apenas diferenciados de la proliferación de musgos y herborizaciones que se acumulaban en el maderamen. Adam era incapaz de distinguirles los ojos sumidos en las oquedades de aquellas caras corroídas rematadas por mechones apelmazados. Sin levantar la cabeza siguieron caminando sin destino. Alguno se detenía un instante y lanzaba gritos mirando al cielo. Parecía un ritual obligado y repetido de vez en vez, pues después, despojados de cualquier indicio de emoción, retornaba a la errática búsqueda del camino de escape.
No habían transcurrido ni cinco minutos, que fueron horas para Adam, cuando por el negro agujero de la cámara del castillo de popa apareció la figura más singular e increíble de entre todas las que poblaban la nave. Si los demás llevaban adheridos al cráneo cuatro mechones de pelo mohoso, al que salió le sobraban cabellos y barba espesos, revueltos y entremezclados con restos de algas. Su calidad de capitán de aquella procesión de almas en pena estaba fuera de toda duda; la proclamaba el tricornio desbaratado; la casaca que un día fue de seda y brocados rutilantes transformada ahora en un harapo desgarrado y en jirones; los dos pistolones cruzados corroídos por el óxido y un hacha de combate incapaz de apagar el brillo de media docena de collares femeninos de oro puro y destellantes piedras engastadas que parecían recién sacados del taller del orfebre de tanto relumbrón como despedían.
Ante su presencia imponente sobrevino la quietud, cesó el chapoteo desganado de los pasos desorientados y se escuchó en la densidad del silencio hasta el borboteo de la mar lamiendo el casco y las rocas. Las oleadas de niebla se sucedieron sin pausa, y los resplandores de esa especie de luz de San Telmo se acrecentaron; hasta el muro de piedra del torreón se impregnó de una fosforescencia palpitante. El capitán semejaba una antorcha encendida por fuegos fatuos; y así, desprendiendo fulgores, avanzó hasta la borda del castillo y apoyando ambas manos entre los encajes raídos propios de una mortaja, gritó con idéntica voz, tan honda y resonante como en el encuentro anterior, cuando le exigió que apagara el faro:
-Adam Grinsby, ¡Escuchadme, grandísimo hijo de Leviatán! La Eternidad os amenaza. Alejaos antes de que el tiempo os devore. Huid, porque si os negáis mi castigo será donaros una porción de mi propia eternidad. Abandonad este horrendo lugar de reposo que los santos ha tiempo olvidaron. Idos en buena hora; os aviso.
Dio media vuelta para sepultarse en la cabina, mas se detuvo y, sin volverse, antes de perderse en la tinieblas, habló una vez más:
-No echéis en saco roto mi advertencia. Pechad con el mal menor, que aún tenéis tiempo.
Así dijo. Y sin mediar cualquier otra palabra desapareció en el agujero.
* * *
Faltaban cuatro jornadas para la arribada del buque que habría de llevárselo de regreso a tierra firme. La misma noche de la aparición, sabiendo que el buque de avituallamiento tardaría menos de cuarenta y ocho horas, Adam estuvo redactando la solicitud de relevo y la baja definitiva alegando problemas serios de salud.
A partir de ahí había soportado dos semanas de encierro nocturno. Dos semanas en las que ni una sola noche, empecinadamente, faltaron a la cita las nieblas y el galeón con su cohorte.
Dormía desde el amanecer al mediodía y, cuando el crepúsculo tendía sus sombras, se cuidaba de ponerse a cubierto, bien al resguardo del torrente de amenazas que cruzarían la oscuridad. Incluso percibiría los pasos que se arrastrándose por la meseta y golpes y arañazos en el mismísimo portalón de entrada, que siempre se anticipaban a una barahúnda de gritos y gemidos. Nunca faltó entre ellos la ronca voz del Capitán haciéndolo blanco de sus burlas y de conminaciones que no admitían demoras.
Una de aquellas mañanas advirtió, y lo achacó a la falta de aire y a la permanente clausura del miedo, que le habían aparecido unas manchas pardas sobre el dorso de ambas manos y que la piel de frente y mejillas era más rugosa de lo habitual, pero carecía de espejo para comprobar los estragos y su avance del encierro. A tientas se cortó la barba con unas tijeras apurándola cuanto le fue posible, pues aunque nadie lo conocía en el barco, tampoco deseaba causar la impresión de total abandono a la tripulación cuando arribara.
La víspera de la partida juró que intentaría enfrentarse a los visitantes nocturnos sin esconderse. Dejó pasar las horas de claridad y, venida ya la noche, aguantó a pie firme sobre el acantilado.
Paso a paso la escena se repetía a sí misma: primero renacieron los bancos de niebla; al poco, brilló la luz verde dentro del vientre de la nube rastrera precursora de la eclosión del buque que, sin faltar a la cita, vino a abarloarse junto al cantil mientras de sus entrañas brotaron los mismos personajes con idéntica actitud de cosa fenecida, de insana procesión necrológica. Tampoco faltó el capitán, y tampoco dejó de aproximarse a la borda. Clavó su mirada en las alturas ¾sobre un Adam que trataba de dominar el pánico¾, y su voz, mezcla de trueno y estertor, se escucho en el aire cargado:
-Señor Grinsby… ¡Os vais por fin?
Adam trató de sobreponerse. Respiró hondamente y se atrevió a responder:
-Jodida y asquerosa aparición, dime, ¿qué te hice yo; dime, qué mal te hice?
La carcajada todavía fue más ronca y tupida que la voz.
-No porfiéis, hijo de perra. Habéis venido hasta aquí y con eso ya basta.
-Tú si que eres un hijo de perra -murmuró Adam en un susurro, que notaba la impotencia como un nudo que le asomaba desde la garganta viniéndole desde el pecho.
-¿Decíais algo, señor Grinsby? En fin, no importa. Lamento que no hayáis decidido iros antes; mas no tiene arreglo este asunto absolutamente irremediable ya.
Adam vaciló antes de volver al encierro al límite de su resistencia. Acababa de comprobar cómo varias figuras reptaban por la borda y alcanzaban las rocas.
-Al menos, dime quién eres.
¿Qué quién soy? ¿Acaso soy algo? -parecía irritado, o desolado, o ambas cosas a la vez- Os diré: fui grande por mis crímenes y más grande, si cabe, por mis pecados… peores aún que mis crímenes.
Arreciaron las opacidades; sobrevinieron amontonamiento de nubarrones que se enredaron por los arrecifes y que, sin pausa, subieron luego por los farallones apagando resplandores y velando toda forma. Descendió entonces el silencio y Adam se retiró dando tiritones y queriendo convencerse de que lo dominaba un sueño. No era cierto.
* * *
El último amanecer se desplegó con esplendores desusados de mar en calma y con las lejanas torres del alisio en las postrimerías del océano. Adam madrugó para dejarse envolver por el frescor, casi feliz ¾y el casi no implicaba la totalidad¾, porque al gozo inmediato lo empañaba el recuerdo machacón del sueño que a lo largo de toda la noche le mantuvo alejado del descanso y que, al contrario de lo que suele suceder frecuentemente, que los sueños se olvidan o que aparecen como retazos inconsistentes en la vigilia, aquel suyo acudía a su memoria con obstinación y claridad. Fue un sueño tonto y sin embargo le desasosegaba. En la pesadilla había visto con todos los colores de la realidad las perneras de unos pantalones, y, junto a los pies enfundados en zapatillas (suponía que sus propios pies), la contera de un bastón. Se arrastraban lentos y cansados por entre las hojarasca caída y doradas de un otoño que empujaban vientos fríos y que todavía notaba como somatización del recuerdo. Más lejos eran otras y otras piernas torpes, también lentas y pesadas de tiempo. Y por entre ellas recordó a otras llevadas en sillas de inválido con unas zapatillas sin desgastar, como nuevas. Siguieron aquellos pies fatigados -siempre piernas y tierra, pues el resto de los cuerpos desaparecía en un borrón luminosos que difuminaba los detalles- por un camino de tierra donde se arremolinaban las hojas marchitas que, tras revolotear al viento, vinieron a posarse junto a un rectángulo cubierto por una lápida encerrada detrás de una verja herrumbrosa. Estaba apunto de leer el nombre grabado en la losa, cuando despertó de súbito con una bola de desazón en la garganta. Despierto del todo y despejado bruscamente, miró la hora: eran las tres y media de la madrugada del día 9 de noviembre. De momento sólo acertó a murmurar una irreverencia contra los santos patronos del sueño. Segundos después descubría que tanto el día como la hora eran los de una efemérides muy personal: el momento en que su madre, que suspiraba con alivio después de las contracciones del parto, lo ponía en medio del mundo entre vagidos y llantos. La pesadilla había sobrevenido en el momento justo en que se cumplían los treinta y tres años de su nacimiento exactamente.
Algo leído, quizás de Rilke, relacionó su sueño con una revelación: aseguraba el escritor, que en el momento justo de este acontecimiento a veces se abre una grieta en el tiempo que permite a ciertos espíritus entrever los instantes de una verdad intemporal.
Adam, plenamente confuso, se decía que eran demasiados los roces con los límites de lo real, con las antípodas de la mente, con la “terra incógnita” del más allá.
Disgustado con la acumulación de enigmas, enfrentado su corto entendimiento de las cosas de un universo que se abre inexplorado por las traseras de la mente, decidió que era el momento de decir basta, de alejarse de toda elucubración; y por encima de todo y cuanto antes, de escapar de la maldita roca y de sus abismos malditos. Dedicaría el resto de la jornada, que se le haría inacabable, a la tarea de adecentar lo preciso. De ningún modo deseaba ser tachado de descuidado en su trabajo. Comenzaría por limpiar los reflectores en lo más alto, en la linterna. El sistema de lentes debería quedar tan brillante como una patena; le llevaría un buen rato y, entre tanto, serviría para avistar la llegada del barco en el caso de que adelantara su horario que era siempre sin variación hacia la media noche, con la intención de aprovechar toda la luz si las tareas se alargaban.
Ascendió ala cúspide del torreón asombrándose como siempre del regalo de las aguas tan transparentes; pero no quiso mirar hacia el lugar de la tumba viva oculta en el extremo del arrecife, sereno y límpido en la mañana. Tras abrir la trampilla cargado de trapos, agua y grasa sólida, emprendió lo que a su parecer era la tarea más ingrata de cuantas tuvo que realizar. El mecanismo de giro estaba ya detenido y las lentes fresnel, como espejos convexos e irregulares, le devolvieron retazos de una imagen agrandada y en fragmentos. Algo llamó su atención en uno de aquellos cristales. Acercó el rostro a la porción mayor del rompecabezas cristalino y vio una cara enorme, como aquellas de las ferias que son devueltas para divertir a la gente.
El grito resonó largo y prolongado. Se cubrió el rostro con ambas manos y sus hombros estuvieron agitándose con estremecimientos durante largo rato por el llanto, que era como una tos imparable que le ahogaba. Luego se inmovilizó y de su boca escapó un lamento casi inaudible en tanto se contemplaba:
-¡No puede ser! ¡No, no puede ser! ¿Por qué me está sucediendo ésto, Dios!

* * *
Poco después de divisar las luces con el postrero rescoldo de la tarde, Adam bajo deprisa al embarcadero arrastrando su maleta y dispuesto a esperar la llegada allí mismo, tardara lo que tardara. Vio nacer la luna creciente; la vio ascender y derramar su reflejo en un lugar de la mar negra serena hasta enmudecer. Por causa de la fase lunar la marea muerta vendría a lamer los escalones con suavidad; sería cómoda la operación de embarque. Pasaron dos horas que aguantó sentado en el primer peldaño con la cabeza sobre los brazos, entre las rodillas. El vapor de suministros alcanzó el punto límite de avance sobre las veintidós horas y quebró el silencio en mil pedazos con el estruendo del ancla deslizándose por el hueco del escobén al mismo tiempo que llegaba el aviso de la sirena, largo como un flechazo.
El bote venía con dos hombres y cuando estuvo cerca, aunque nadie pudiera identificarlo, pues también esta vez era un barco nuevo, se caló la gorra y se embozó con el cuello del chaquetón marino. Instantes después recogía el cabo que le lanzó el marinero. El otro tripulante, el sustituto que habían designado por su renuncia, permanecía sentado con la maleta entre las piernas. Adam, que era una sombra escasamente distinguible en las sombras, se hizo cargo con presteza del cabo que voló hasta sus manos desde el bote; lo aseguró con un sólido y rápido amarre y apenas ayudó a desembarcar al viajero. Sin detenerse, lanzó su equipaje al remero y ocupó de un limpio salto el lugar vacío generando un peligroso balanceo. Tiró con premura del cabo recuperándolo y empujó la barca con precipitación.
Estaban ya a varios metros, cuando el nuevo inquilino de la roca le preguntó viendo que se alejaba sin abrir la boca:
-Usted será el señor Grinsby…
-Desde luego, joven, ese es mi nombre. Pero no pregunte porque no pienso contestarle. Es, digamos, un capricho.
A varios metros ya del remedo de muelle, Adam sintió que le renacía un leve asomo de compasión por el estúpido muchacho que desconocía lo que la engañosa soledad del peñón le estaba reservando.
-Escuche -le gritó rememorando los peligros de la subida-, extreme las precauciones con la escalera y no se fíe de la barandilla. Los peces podrían darse un banquete a su costa esta misma noche. Ahí tiene un farol. De todos modos, disfrute del faro y que le aproveche su estancia. Es un empleo en el que el tiempo se pasa sin sentir.
Se rió de su propia gracia sin proponérselo y de mala gana. Después se destocó y enjugó la frente empapada, sudaba a chorros, y pensó que a esas alturas no dejaba de ser una estupidez ocultarse por más tiempo.
-¡Vámonos; deprisa, muchacho ¾urgió al marinero con ansiedad¾; rema!
-Abuelo, tiene usted muchas prisas. Seguro que a sus años no lo estará esperando una novia impaciente. Yo, mire, dejé a la mía hace tres meses y seguro que ya llevo cuernos, de lo que usted se libra a estas alturas.
-¡Cierra de una vez esa puerca bocaza y no te entrometas en lo que desconoces! Además, imagínate que a mí los cuernos me los pone el diablo.
Fin

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